El Papa Pío XII, por consejo imperativo del Pbro. Georges Lemaître, deduce que, la feligresía, aún no estaba preparada para tal verdad.
A principios del siglo XX, el universo parecía eterno e inmutable. Pero un sacerdote, y físico, belga, Georges Lemaître, propuso algo radical: que todo el cosmos había surgido de un “átomo primigenio”, una especie de huevo cósmico que explotó dando origen al espacio, al tiempo y a toda la materia. Aquello, más tarde, sería conocido como la teoría del Big Bang.
Hasta aquí, todo bien. Pero la historia tomó un giro curioso.
En 1951, el papa Pío XII pronunció un discurso ante la «Pontificia Academia de las Ciencias», donde afirmó, entusiasmado, que «la teoría del Big Bang», ofrecía una “prueba científica” del relato del Génesis. En su visión, la creación del universo en un instante parecía encajar perfectamente con la idea bíblica de un inicio divino.
Lemaître, como sacerdote católico y científico, no estuvo de acuerdo con Su Santidad y el discurso pronunciado ante la Academia. Con celeridad, le escribió al Papa, pidiéndole, expresamente, que dejara de presentar la teoría como una demostración religiosa.

Para el sacerdote, la ciencia y la fe debían caminar juntas (sin contradecirse), sí, pero sin mezclarse: la física no debía ser usada como propaganda teológica, ni la teología como argumento científico. Además, (sic) «Muchos creemos que, una confirmación del Génesis podía ser un arma de doble filo. Si posteriormente se demostraba que el Big Bang no era correcto, el Génesis se caería con él». Doble prudencia por parte del sacerdote.
El Vaticano escuchó. Y SS, Pío XII, nunca volvió a referirse al Big Bang en esos términos.
Gracias a la prudencia de Lemaître, la teoría pudo desarrollarse en terreno puramente científico, libre de interpretaciones religiosas o ideológicas. Y es irónico: fue un sacerdote quien más defendió que la cosmología debía permanecer laica.
Fuente: Pablo Capanna. Filósofo. Escritor. Investigador.
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